viernes, 3 de marzo de 2017

Intenciones del Santo Padre para el mes de Marzo
Por la evangelización: Por los cristianos perseguidos, para que experimenten el apoyo de toda la Iglesia, por medio de la oración y de la ayuda material.

domingo, 11 de diciembre de 2016


EL ADVIENTO


En la esperanza propia del Adviento, tiene que surgir en nosotros el deseo de ver a Jesús, aunque esto no pueda materializarse. Sin embargo, con el impulso del corazón debemos salir al encuentro de Cristo tratando de verlo.

   Estamos promediando el tiempo de Adviento. En estas semanas que nos preparan para la Navidad hay una frase de la liturgia que me parece muy significativa, en este tiempo, y que nos invita a salir al encuentro de Cristo que viene a nosotros.
   Cristo viene a nosotros pero también nosotros vamos a su encuentro y eso me recuerda también un pasaje de la Primera Carta de Pedro donde recordaba a los primeros cristianos diciéndoles: “Ustedes a Cristo lo aman sin haberlo visto y creyendo en Él y sin verlo todavía se regocijan con un gozo indecible lleno de gloria esperando el fruto de esa fe que es la salvación”. Sin verlo lo aman, creyendo en Él, pero sin verlo todavía.
   Eso está indicando que, en el Adviento, en la esperanza propia del Adviento, tiene que surgir en nosotros el deseo de ver a Jesús, aunque esto no pueda materializarse. Sin embargo, con el impulso del corazón debemos salir al encuentro de Cristo tratando de verlo.
   ¿Y cómo podemos verlo?” La respuesta es en el amor, en la fe, y diría que hay tres maneras y tres ámbitos en los cuales podemos ejercitar ese “ver a Jesús".
   El primero en la Sagrada Escritura, que es la lectura de la Palabra de Dios y especialmente en el Evangelio, donde no tenemos un retrato de Cristo, pero hay tantos datos que podemos recoger con silencio, con amor, con un amor contemplativo, para ir diseñando en nuestro interior un rostro de Jesús. Podemos ir descubriendo su mirada, sus palabras, sus acentos, sus gestos, su misterio y así ir uniéndonos a Él.
   Luego está la oración que es otro ámbito donde ejercitamos esa visión de Jesús. En la oración intima, en el dialogo personal, en el encuentro cara a cara en la oscuridad de la fe con Él, vamos como descubriendo su rostro, entrando en su intimidad y eso nos va asegurando un conocimiento cada vez mayor de Cristo.
   Y creo que el último ámbito pertenece al de la vida cotidiana. También amamos a Cristo cuando salimos al encuentro de Él en nuestros hermanos, especialmente en los más necesitados, y en el prójimo, como dice el Evangelio. El prójimo es el que está a nuestro lado y necesita de nosotros. Pensemos en las Bienaventuranzas del Evangelio y lo que allí se menciona como situaciones que son objetos de una bienaventuranza por parte de Dios. O en lo que enseña Jesús como examen del Juicio Final. Pensemos si hemos salido al encuentro del que necesitaba el alimento, el vestido, la hospitalidad, el consuelo, el más pequeño de mis hermanos.
   También ahí, en el más pequeño de nuestros hermanos, nos ejercitamos en el amor de Cristo y vamos saliendo a su encuentro.
   En lo que falta del Adviento tratemos de practicar esto de modo que la próxima Navidad sea la actualización de nuestro encuentro con Cristo para que se cumpla esta aspiración de la liturgia: el Señor viene a nosotros y nosotros nos apresuramos a salir a su encuentro. 

Por Mons. Héctor Aguer
Arzobispo de La Plata - Argentina

(Fuente: conoceréis de verdad.org)

sábado, 18 de junio de 2016

El Domingo

¿Hay diferencia entre la Misa del domingo y la de los días laborales?
«Todos los días se celebra la Eucaristía. De modo especial, el domingo es el día de la Eucaristía, la Pascua semanal, el día de la Iglesia convocada por el Señor resucitado. Aunque el domingo sea el día más eucarístico de la semana, cada día se celebra la Eucaristía, y se actualiza por lo tanto el misterio pascual de Cristo. De modo magistral lo ha expresado el Papa Juan Pablo II en la encíclica Ecclesia de Eucharistia: La Iglesia vive continuamente del sacrificio redentor, y accede a él no solamente a través de un recuerdo lleno de fe, sino también de un contacto actual, puesto que este sacrificio se hace presente, perpetuándose sacramentalmente en cada comunidad, que lo ofrece por manos del ministro consagrado. De este modo, la Eucaristía aplica a los hombres de hoy la reconciliación obtenida por Cristo una vez por todas para la Humanidad de todos los tiempos.
El sacrificio de Cristo y el sacrificio de la Eucaristía son un único sacrificio. Ya lo decía elocuentemente san Juan Crisóstomo: Nosotros ofrecemos siempre el mismo Cordero, y no uno hoy y otro mañana, sino siempre el mismo. Por esta razón, el sacrificio es siempre uno solo. También nosotros ofrecemos ahora aquella víctima, que se ofreció entonces, y que jamás se consumirá».
(fuente:Juan Javier Flores Arcas, OSB - Conocereis de verdad.org)

jueves, 12 de mayo de 2016

El misterio de Pentecostés



Permanecer juntos fue la condición que puso Jesús para acoger el don del Espíritu Santo; el presupuesto de su concordia fue la oración prolongada. De este modo se nos ofrece una formidable lección para cada comunidad cristiana. A veces se piensa que la eficacia misionera depende principalmente de una programación atenta y de su sucesiva aplicación inteligente a través de un compromiso concreto. Ciertamente el Señor pide nuestra colaboración, pero antes de cualquier otra repuesta se necesita su iniciativa: su Espíritu es el verdadero protagonista de la Iglesia. Las raíces de nuestro ser y de nuestro actuar están en el silencio sabio y providente de Dios.

Las imágenes que utiliza san Lucas para indicar la irrupción del Espíritu Santo --el viento y el fuego-- recuerdan al Sinaí, donde Dios se había revelado al pueblo de Israel y había concedido su alianza (Cf. Éxodo 19,3 y siguientes). La fiesta del Sinaí, que Israel celebraba cincuenta días después de la Pascua, era la fiesta del Pacto. Al hablar las lenguas de fuego (Cf. Hechos 2, 3), san Lucas quiere representar Pentecostés como un nuevo Sinaí, como la fiesta del nuevo Pacto, en el que la Alianza con Israel se extiende a todos los pueblos de la Tierra. La Iglesia es católica y misionera desde su nacimiento. La universalidad de la salvación se manifiesta con la lista de las numerosas etnias a las que pertenecen quienes escuchan el primer anuncio de los apóstoles (Cf. Hechos 2, 9-11).

El Pueblo de Dios, que había encontrado en el Sinaí su primera configuración, se amplía hoy hasta superar toda frontera de raza, cultura, espacio y tiempo. A diferencia de lo que sucedió con la torre de Babel, cuando los hombres que querían construir con sus manos un camino hacia el cielo habían acabado destruyendo su misma capacidad de comprenderse recíprocamente, en el Pentecostés del Espíritu, con el don de las lenguas, muestra que su presencia une y transforma la confusión en comunión. El orgullo y el egoísmo del hombre siempre crean divisiones, levantan muros de indiferencia, de odio y de violencia. El Espíritu Santo, por el contrario, hace que los corazones sean capaces de comprender las lenguas de todos, pues restablece el puente de la auténtica comunicación entre la Tierra y el Cielo. El Espíritu Santo es el Amor.

Pero, ¿cómo es posible entrar en el misterio del Espíritu Santo? ¿Cómo se puede comprender el secreto del Amor? El pasaje evangélico nos lleva hoy al Cenáculo, donde, terminada la última Cena, una experiencia de desconcierto entristece a los apóstoles. El motivo es que las palabras de Jesús suscitan interrogantes inquietantes: habla del odio del mundo hacia Él y hacia los suyos, habla de una misteriosa partida suya y queda todavía mucho por decir, pero por el momento los apóstoles no son capaces de cargar con el peso (Cf. Juan 16, 12). Para consolarles les explica el significado de su partida: se irá, pero volverá, mientras tanto no les abandonará, no les dejará huérfanos. Enviará el Consolador, el Espíritu del Padre, y será el Espíritu quien les permita conocer que la obra de Cristo es obra de amor: amor de Él que se ha entregado, amor del Padre que le ha dado.

Este es el misterio de Pentecostés: el Espíritu Santo ilumina el espíritu humano y, al revelar a Cristo crucificado y resucitado, indica el camino para hacerse más semejantes a Él, es decir, ser «expresión e instrumento del amor que proviene de Él» («Deus caritas est», 33). Reunida junto a María, como en su nacimiento, la Iglesia hoy implora: «Veni Sancte Spiritus!» - «¡Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos fel fuego de tu amor!». Amén. 
Fuente: Conocereis de verdad.org

martes, 22 de marzo de 2016

Martes Santo - El cristiano, ese pequeño traidor




El Martes Santo, el cristiano se mete en el Evangelio según San Juan 13,21-33.36-38:

Después de decir esto, Jesús se estremeció y manifestó claramente: "Os aseguro que uno de vosotros me entregará". Los discípulos se miraban unos a otros, no sabiendo a quién se refería. Uno de ellos -el discípulo al que Jesús amaba- estaba reclinado muy cerca de Jesús. Simón Pedro le hizo una seña y le dijo: "Pregúntale a quién se refiere". El se reclinó sobre Jesús y le preguntó: "Señor, ¿quién es?". Jesús le respondió: "Es aquel al que daré el bocado que voy a mojar en el plato". Y mojando un bocado, se lo dio a Judas, hijo de Simón Iscariote. En cuanto recibió el bocado, Satanás entró en él. Jesús le dijo entonces: "Realiza pronto lo que tienes que hacer". Pero ninguno de los comensales comprendió por qué le decía esto. Como Judas estaba encargado de la bolsa común, algunos pensaban que Jesús quería decirle: "Compra lo que hace falta para la fiesta", o bien que le mandaba dar algo a los pobres. Y en seguida, después de recibir el bocado, Judas salió. Ya era de noche. Después que Judas salió, Jesús dijo: "Ahora el Hijo del hombre ha sido glorificado y Dios ha sido glorificado en él. Si Dios ha sido glorificado en él, también lo glorificará en sí mismo, y lo hará muy pronto. Hijos míos, ya no estaré mucho tiempo con ustedes. Ustedes me buscarán, pero yo les digo ahora lo mismo que dije a los judíos: "A donde yo voy, vosotros no podéis venir". Simón Pedro le dijo: "Señor, ¿adónde vas?". Jesús le respondió: "A donde yo voy, tú no puedes seguirme ahora, pero más adelante me seguirás". Pedro le preguntó: "¿Por qué no puedo seguirte ahora? Yo daré mi vida por ti". Jesús le respondió: "¿Darás tu vida por mí? Te aseguro que no cantará el gallo antes que me hayas negado tres veces".

Generalmente el cristiano, en la primera frase que lee en el Evangelio se encuentra ya enganchado y le resulta difícil proseguir. Estamos en la Última Cena, en la que Jesús va a instituir la Eucaristía, el nuevo Sacrificio y el nuevo sacerdocio; además formulará el consiguiente mandato imperativo del amor fraterno. Y hay un traidor entre nosotros. ¡Un traidor! ¿Cómo es posible? ¡Es posible!, por imposible que parezca es posible traicionar a quien me ha dado la vida y me da su vida para que mi vida sea eterna, eternamente feliz como la suya. ¿Seré yo el traidor? El cristiano sabe que puede serlo en este… mundo traidor, en el que a uno le pueden meter en la cabeza que nada es verdad ni mentira. Aunque le parece difícil poder llegar a ser un gran traidor, porque al parece su mediocridad no da para tanto, lo que resulta claro y patente a poco que reflexione es que de hecho es un pequeño traidor. ¡He traicionado tantas veces! Tantas cuantas he cerrado los ojos a la infinita sabiduría que es infinito amor: a lo que se llama Voluntad de Dios. He tratado de figurarme que bien pudiera ser que la Voluntad de Dios fuese arbitraria –como ha inculcado a tantos Guillermo de Ockam desde el siglo XIV hasta la fecha-. ¿Y que puedo hacer yo ante una voluntad caprichosa, arbitraria y con ganas de fastidiar? Cerrar los ojos, seguir la táctica del avestruz. Traicionar con la excusa de que no me parece que «eso» pueda ser la Voluntad de Dios para mí, aquí y ahora. En el fondo Él comprenderá. Soy una excepción. Con un poco de suerte, su arbitrariedad se pondrá a mi favor. Yo a lo mío.

Con mil extrañas sutilezas, razonadas sinrazones, he traicionado al Amor, a los sabios y amorosos Mandamientos, que sólo han sido formulados para mi bien, para orientarme hacia mi realización personal, a mi plenitud de vida temporal y eterna. He sido muchas veces un pequeño gran traidor. Porque las pequeñas traiciones al Amor, nunca son pequeñas. Si no, que lo diga un enamorado. «Dicen que no se siente la despedida / dile a quien te lo cuente / que se despida, ay, que se despida…». Dile al Amor que no le traicionaste cuando decidiste que era mejor tu camino que el suyo; díle que cuando elegiste tu capricho en lugar de su sabio y amoroso consejo o precepto que no le traicionaste, ay, díselo, díselo. Díle que no harás como Judas, sino como Pedro, como María de Magdala, como Pablo, como Agustín, como tantos santos que fueron pecadores.

Díle también que aprovecharás esta Santa Semana para desagraviarle con oración y penitencia, que vas a subordinar todos tus planes a la participación en la oración litúrgica –los Oficios del Jueves y del Viernes Santo-. Que sí, que mereces un descanso, pero que tus traiciones por un lado y tu amor por otro, te impelen a la penitencia, a la oración, al desagravio, para culminar en la celebración solemne del gran Misterio Pascual: tu salvación, su Resurrección, tu participación en la Muerte y en la Resurrección del Señor, tu vida eterna y tu paz y felicidad temporal. 

(Fuente: conoceréis de verdad.org)
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