miércoles, 2 de enero de 2013

El Buey y el asno en el pesebre



Seguramente habrán escuchado algunos comentarios que surgieron después de la publicación de un título tendensioso en un periódico, relacionado con la "prohibición" del burro y el asno en las representaciones de los pesebres. Aquí va una publicación que "avala" la presencia de esas nobles criaturas. Léalo con gusto y tranquilidad.
Quien no ha entendido el misterio de la Navidad no ha entendido lo más determinante de la condición cristiana. Quien no lo ha asumido, no puede entrar en el reino de los cielos. El buey y el asno no son simplemente productos de la fantasía piadosa.
Por Card. Joseph Ratzinger
 
Benedicto XVI, cuando aún no era Papa, escribió varios textos dedicados a la Navidad que ha recogido Ediciones Encuentro en el libro Imágenes de la esperanza. Alfa y Omega ha reproducido parte de estos textos,
Quien no ha entendido el misterio de la Navidad no ha entendido lo más determinante de la condición cristiana. Quien no lo ha asumido, no puede entrar en el reino de los cielos
El buey y el asno no son simplemente productos de la fantasía piadosa. Gracias a la fe de la Iglesia en la unidad del Antiguo y del Nuevo Testamento, se han convertido en acompañantes del acontecimiento navideño. De hecho, en Isaías 1,3 se dice: «Conoce el buey a su dueño, y el asno el pesebre de su amo. Israel no conoce, mi pueblo no discierne». Los Padres de la Iglesia vieron en estas palabras una profecía referida al nuevo pueblo de Dios, la Iglesia constituida a partir de judíos y gentiles. Ante Dios, todos los hombres, judíos y gentiles, eran como bueyes y asnos, sin razón ni entendimiento. Pero el Niño del pesebre les ha abierto los ojos, para que ahora reconozcan la voz de su Dueño, la voz de su Amo
En Navidad nos deseamos de corazón que este tiempo festivo, en medio de todo el ajetreo actual, nos otorgue un poco de reflexión y alegría, contacto con la bondad de nuestro Dios y, de ese modo, ánimos renovados para seguir adelante. Al empezar esta pequeña reflexión sobre lo que esta fiesta puede decirnos hoy, tal vez resulte útil una breve mirada al origen de la celebración de la Navidad. El año litúrgico de la Iglesia se ha desarrollado, ante todo, no desde la consideración del nacimiento de Cristo, sino desde la fe en su resurrección. Por tanto, la fiesta originaria de la cristiandad no es la Navidad, sino la Pascua. Pues, de hecho, sólo la Resurrección ha fundamentado la fe cristiana y ha hecho existir a la Iglesia. Por eso, ya Ignacio de Antioquia (muerto como muy tarde el año 117) llama a los cristianos aquellos que «ya no guardan el sábado, sino que viven según el día del Señor»: ser cristiano significa vivir pascualmente, desde la Resurrección, que se conmemora en la semanal celebración pascual del domingo. Seguramente, el primero en afirmar que Jesús nació el 25 de diciembre fue Hipólito de Roma, en su comentario a Daniel, escrito más o menos en el año 204. El antiguo exegeta de Basilea Bo Reicke remitía, además, al calendario de fiestas, según el cual, en el evangelio de Lucas los relatos del nacimiento del Bautista y del nacimiento de Jesús están referidos uno al otro. De esto se seguiría que ya Lucas, en su evangelio, presupone el 25 de diciembre como día del nacimiento de Jesús. En este día se conmemoraba por aquel entonces la fiesta de la dedicación del templo, introducida en el año 164 antes de Cristo, por Judas Macabeo; de ese modo, la fecha del nacimiento de Jesús simbolizaría, al mismo tiempo, que con Él, que apareció como luz de Dios en la noche invernal, tenía lugar la verdadera dedicación del templo: la llegada de Dios en medio de esta tierra. Sea como fuere, la fiesta de Navidad no adquirió en la cristiandad una forma clara hasta el siglo IV, cuando desplazó la festividad romana del dios solar invicto y enseñó a entender el nacimiento de Cristo como la victoria de la verdadera luz; sin embargo, por las anotaciones de Bo Reicke, ha quedado patente que, en esta refundición de una fiesta pagana en una solemne festividad cristiana, se asumió una ya antigua tradición judeo-cristiana.
El especial calor humano de la fiesta de Navidad nos afecta tanto, que en el corazón de la cristiandad ha sobrepujado con mucho a la Pascua. Pues bien, en realidad ese calor se desarrolló por primera vez en la Edad Media; y fue Francisco de Asís quien, con su profundo amor al hombre Jesús, al Dios con nosotros, ayudó a materializar esta novedad. Su primer biógrafo, Tomás de Celano, cuenta en la segunda descripción que hace de su vida lo siguiente: «Más que ninguna otra fiesta celebraba la Navidad con una alegría indescriptible. Decía que ésta era la fiesta de las fiestas, pues en este día Dios se hizo niño pequeño, y mamó leche como todos los niños. Francisco abrazaba –¡con cuánta ternura y devoción!– las imágenes que representaban al Niño Jesús, y balbuceaba lleno de piedad, como los niños, palabras tiernas. El nombre de Jesús era en sus labios dulce como la miel». De tales sentimientos surgió, pues, la famosa fiesta de Navidad de Greccio, a la que podría haberle animado su visita a Tierra Santa y al pesebre de Santa María la Mayor en Roma; lo que le movía era el anhelo de cercanía, de realidad; era el deseo de vivir Belén de forma totalmente presencial, de experimentar inmediatamente la alegría del nacimiento del Niño Jesús y de compartirla con todos sus amigos. De esta noche junto al pesebre habla Celano, en la primer biografía, de una manera que continuamente ha conmovido a los hombres y, al mismo tiempo, ha contribuido decisivamente a que pudiera desarrollarse la más bella tradición navideña: el pesebre. Por eso podemos decir, con razón, que la noche de Greccio regaló a la cristiandad la fiesta de Navidad de forma totalmente nueva, de manera que su propio mensaje, su especial calor y humanidad, la humanidad de nuestro Dios, se comunicó a las almas y dio a la fe una nueva dimensión.
La festividad de la resurrección había centrado la mirada en el poder de Dios, que supera la muerte y nos enseña a esperar en el mundo venidero. Pero ahora se hacía visible el indefenso amor de Dios, su humildad y bondad, que se nos ofrece en medio de este mundo y, con ello, nos quiere enseñar un género nuevo de vida y de amor. Quizá sea útil detenernos aquí un momento y preguntar: ¿dónde se encuentra exactamente ese lugar, Greccio, que de ese modo ha llegado a tener para la historia de la fe un significado totalmente propio? Es una pequeña localidad situada en el valle de Rieti, en Umbría, no muy lejos de Roma en dirección nordeste. Lagos y montañas dan a esta comarca su encanto especial y su belleza callada, que todavía hoy nos sigue conmoviendo, especialmente porque apenas se ha visto afectada por la agitación del turismo. El convento de Greccio, situado a 638 metros de altitud, ha conservado algo de la simplicidad de los orígenes; ha permanecido sencillo, como la pequeña aldea que está a sus pies; el bosque lo circunda como en tiempos del Poverello, e invita a la estancia contemplativa. Celano dice que Francisco amaba especialmente a los habitantes de este lugar por su pobreza y su simplicidad; venía hasta aquí a menudo para descansar, atraído también por una celda de extrema pobreza y soledad en la que podía entregarse sin ser molestado a la contemplación de las cosas celestiales. Pobreza, simplicidad–, silencio de los hombres y hablar de la creación: éstas eran, al parecer, las impresiones que para el santo de Asís se conectaban con este lugar. Por eso pudo convertirse en su Belén e inscribir de nuevo el secreto de Belén en la geografía de las almas. Pero volvamos a la Navidad de 1223. Las tierras de Greccio habían sido puestas a disposición del Pobre de Asís por un noble señor de nombre Juan, del que Celano cuenta que, pese a su alto linaje y su importante posición, «no daba ninguna importancia a la nobleza de la sangre y deseaba más bien alcanzar la del alma». Por eso lo amaba Francisco.
Un descubrimiento
De este Juan dice Celano que aquella noche se le concedió la gracia de una visión milagrosa. Vio yacer inmóvil sobre el comedero a un niño pequeño, que era sacado de su sueño por la cercanía de san Francisco. El autor añade: «Esta visión correspondía en realidad a lo que sucedió, pues, de hecho, hasta aquella hora el Niño Jesús estaba hundido en el sueño del olvido en muchos corazones. Gracias a su siervo Francisco, fue reavivado a su recuerdo, e indeleblemente impreso en la memoria». En esta imagen se describe muy exactamente la nueva dimensión que Francisco, con su fe que impregna alma y corazón, regaló a la fiesta cristiana de la Navidad: el descubrimiento de la revelación de Dios, que precisamente se encuentra en el Niño Jesús. Precisamente así Dios ha llegado a ser verdaderamente Emmanuel, Dios con nosotr s, alguien de quien no nos separa ninguna barrera de sublimidad ni de distancia: en cuanto niño, se ha hecho tan cercano a nosotros que le decimos sin temor , podemos tutearle en la inmediatez del acceso al corazón infantil. En el Niño Jesús se manifiesta de forma suprema la indefensión del amor de Dios: Dios viene sin armas porque no quiere conquistar desde fuera, sino ganar desde dentro, transformar desde el interior. Si algo puede vencer la arbitrariedad del hombre, su violencia, su codicia, es el desamparo del Niño. Dios lo ha aceptado para vencernos y conducirnos a nosotros mismos. No olvidemos, además, que el título supremo de Jesucristo es el de Hijo –Hijo de Dios–; la dignidad divina se designa con una palabra que muestra a Jesús como niño perpetuo. Su condición de niño se encuentra en una correspondencia sin par con su divinidad, que es la divinidad del Hijo. Así, su condición de niño nos indica cómo podemos llegar a Dios, a la divinización. Desde aquí se han de entender sus palabras: «Si no os cambiáis y os hacéis como los niños, no entraréis en el reino de los cielos». Quien no ha entendido el misterio de la Navidad no ha entendido lo más determinante de la condición cristiana. Quien no lo ha asumido, no puede entrar en el reino de los cielos: esto es lo que Francisco quería recordar a la cristiandad de su tiempo y de todos los tiempos posteriores.
La realidad del pesebre
En la cueva de Greccio se encontraban aquella Nochebuena, conforme a la indicación de san Francisco, el buey y el asno. Al noble Juan le había dicho: «Quisiera evocar con todo realismo el recuerdo del niño, tal y como nació en Belén, y todas las penalidades que tuvo que soportar en su niñez. Quisiera ver con mis ojos corporales cómo yació en un pesebre y durmió sobre el heno, entre un buey y un asno». Desde entonces, el buey y el asno forman parte de toda representación del pesebre. Pero, ¿de dónde proceden en realidad? Como es sabido, los relatos navideños del Nuevo Testamento no cuentan nada de ellos. Si tratamos de aclarar esta pregunta, tropezamos con uno hechos importantes para los usos y tradiciones navideños, y también, incluso, para la piedad navideña y pascual de la Iglesia en la liturgia y las costumbres populares. El buey y el asno no son simplemente productos de la fantasía piadosa. Gracias a la fe de la Iglesia en la unidad del Antiguo y del Nuevo Testamento, se han convertido en acompañantes del acontecimiento navideño. De hecho, en Isaías 1,3 se dice: «Conoce el buey a su dueño, y el asno el pesebre de su amo. Israel no conoce, mi pueblo no discierne». Los Padres de la Iglesia vieron en estas palabras una profecía referida al nuevo pueblo de Dios, la Iglesia constituida a partir de judíos y gentiles. Ante Dios, todos los hombres, judíos y gentiles, eran como bueyes y asnos, sin razón ni entendimiento. Pero el Niño del pesebre les ha abierto los ojos, para que ahora reconozcan la voz de su Dueño, la voz de su Amo.
En las representaciones navideñas medievales, sorprende continuamente cómo a ambos animales se les dan rostros casi humanos; cómo, de forma consciente y reverente, se ponen de pie y se inclinan ante el misterio del Niño. Esto era lógico, pues ambos animales eran considerados la cifra profética tras la que se esconde el misterio de la Iglesia –nuestro misterio, el de que, ante el Eterno, somos bueyes y asnos–, bueyes y asnos a los que en la Nochebuena se les abren los ojos, para que en el pesebre reconozcan a su Señor. Pero, ¿lo reconocemos realmente? Cuando ponemos en el pesebre el buey y el asno, debe venirnos a las mientes la palabra entera de Isaías, que no sólo es buena nueva –promesa de conocimiento venidero–, sino también juicio sobre la presente ceguedad. El buey y el asno conocen, pero «Israel no conoce, mi pueblo no discierne». ¿Quién es hoy el buey y el asno, quién es mi pueblo que no discierne? ¿En qué se conoce al buey y al asno, en qué a mi pueblo? ¿Por qué, de hecho, sucede que la irracionalidad conoce y la razón está ciega?
Para encontrar una respuesta, debemos regresar una vez más, con los Padres de la Iglesia, a la primera Navidad. ¿Quién no conoció? ¿Quién conoció? ¿Por qué fue así? Quien no conoció fue Herodes: no sólo no entendió nada cuando le hablaron del Niño, sino que sólo quedó cegado todavía más profundamente por su ambición de poder y la manía persecutoria que le acompañaba. Quien no conoció fue, «con él, toda Jerusalén». Quienes no conocieron fueron los hombres elegantemente vestidos, la gente refinada. Quienes no conocieron fueron los señores instruidos, los expertos bíblicos, los especialistas de la exégesis escriturística, que desde luego conocían perfectamente el pasaje bíblico correcto, pero, pese a todo, no comprendieron nada. Quienes conocieron fueron –comparados a estas personas de renombre– bueyes y asnos: los pastores, los magos, María y José. ¿Podía ser de otro modo? En el portal, donde está el Niño Jesús, no se encuentran a gusto las gentes refinadas, sino el buey y el asno. Ahora bien, ¿qué hay de nosotros? ¿Estamos tan alejados del portal porque somos demasiado refinados y demasiado listos? ¿No nos enredamos también en eruditas exégesis bíblicas, en pruebas de la inautenticidad o autenticidad del lugar histórico, hasta el punto de que estamos ciegos para el Niño como tal y no nos enteramos de nada de Él? ¿No estamos también demasiado en Jerusalén, en el palacio, encastillados en nosotros mismos, en nuestra arbitrariedad, en nuestro miedo a la persecución, como para poder oír por la noche la voz del ángel, e ir a adorar? De esta manera, los rostros del buey y el asno nos miran esta noche y nos hacen una pregunta: Mi pueblo no entiende, ¿comprendes la voz del Señor?
Cuando ponemos las familiares figuras en el nacimiento, debiéramos pedir a Dios que dé a nuestro corazón la sencillez que en el Niño descubre al Señor –como una vez Francisco en Greccio–. Entonces podría sucedernos también lo que Celano –de forma muy semejante a san Lucas cuando habla sobre los pastores de la primera Nochebuena– cuenta de quienes participaron en los maitines de Greccio: todos volvieron a casa llenos de alegría.
 
(Fuente Arvo.net)

 

lunes, 24 de diciembre de 2012

El texto que aquí transcribo, podrá resultarles inadecuado a alguno para este día de la Nochebuena. Podrá decirse: ¡mejor hubiera colocado algo relacionado con la Navidad! Pero, ¿es que la Navidad es sólo villancicos y regalitos y, para la mayoría, papá Noel?. ¿No hay cosas más profundas para cuestionarse en la Navidad? Y porque cualquiera sabe que sí las hay, aquí va esta entrada. Quiera Dios que a alguien le sirva de cuestionamiento y motivo de "conversión", entonces sí: "FELIZ NAVIDAD"
 Si Dios existe somos sus criaturas y hay un Ser Supremo. Si no existe, como sostienen los relativistas, somos consecuencia del azar y el ser más importante de la Tierra.

 En una de mis lecturas recientes, leía estas frases de F.J. Contreras, en el libro «Nueva Izquierda y Cristianismo», citando a una autora norteamericana: «Hoy día, una familia obrera que asiste a la Iglesia tiene más en común con una familia burguesa que asiste a la Iglesia, que con una familia obrera que no lo hace; o bien: una familia negra biparental (padre y madre casados entre sí), tiene más en común con una familia blanca biparental que con una familia negra monoparental. Es decir la religiosidad y la fidelidad al modelo familia tradicional (personalmente no me gusta nada hablar de familia tradicional, especialmente desde que en un debate mi oponente relativista estaba empeñado en que hablase de familia tradicional y no de familia natural. Creo que aceptar su terminología es empezar a perder el debate. Los Romanos ya lo sabían cuando decían «quaestio de nomine est iam questio de re», porque para ellos con razón el debate sobre el nombre era ya debate sobre el fondo del asunto). Es decir, la religiosidad y la fidelidad al modelo familiar tradicional se convierten en marcadores sociales más significativos que el nivel de ingresos o la raza». Creo que podemos decir con toda razón que la polaridad ideológica es hoy la división más importante en nuestra civilización occidental. Por una parte están los creyentes o jusnaturalistas, aunque estas dos palabras no signifiquen exactamente lo mismo; por la otra están los no creyentes o relativistas y éstas son las dos mentalidades dominantes en nuestra época.

La principal diferencia entre ambos grupos está en el concepto de verdad. Ya Aristóteles decía que la verdad es la adecuación del entendimiento a la realidad. La realidad es la que es, independientemente de mí o de cualquier otro. Recuerdo que un día una alumna me dijo que Tokio existía porque la había visto en televisión. No pude por menos de contestarle que Tokio existía desde muchos años antes que ella naciese e independientemente de que ella supiese o no de su existencia. En el plano religioso y moral es evidente que Dios existe o no existe, pero sólo una de las dos cosas es verdad. Para los que creemos que Dios existe, pensamos que no sólo su existencia es verdadera, sino que es simplemente la Verdad con mayúscula y que racionalmente podemos llegar a conocerle, pero sólo con un conocimiento imperfecto porque al ser infinito no podemos abarcarle. Pero las consecuencias de su existencia o no son enormes. Si Dios existe somos sus criaturas y hay un Ser Supremo. Si no existe, como sostienen los relativistas, somos consecuencia del azar y el ser más importante de la Tierra.

Aparentemente la no existencia Dios y el hecho que no tengamos a nadie sobre nosotros nos hace más libres. Somos nuestro propio ser supremo y somos nosotros los que nos dictamos porque queremos y si queremos nuestras propias normas. La ley natural no sería, como dijo Zapatero, sino una reliquia ideológica y un vestigio del pasado. Una consecuencia de ello sería la plena libertad en todos los campos, incluido especialmente el sexual, con la única excepción de tratar de evitar aquello que daña a los demás. Pero la realidad nos muestra que el relativismo, con su negación del concepto de verdad, conduce rápidamente al fin de la democracia. Para empezar todo termina con la muerte, los conflictos entre nosotros tienen que ser resueltos por un árbitro que los resuelva, y qué mejor árbitro, si además decimos que somos demócratas, que la voluntad popular, y ésta la conocemos gracias a las elecciones y al Parlamento elegido en ellas. Pero en el Parlamento quien dictamina las leyes y por tanto lo que en ese momento es bueno o malo, quien lo decide es la mayoría parlamentaria, pero como está la disciplina de Partido y el que se mueve no sale en la foto, los diputados se someten como borregos, aunque sean claros crímenes, como la ley del aborto, o bochornosos delitos, como la que en nombre de la ideología de género fomenta la corrupción de menores, por lo que se hace en realidad es lo que dictamina un pequeño grupo e incluso una sola persona, cayendo así en consecuencia en la dictadura y en el totalitarismo. Jesucristo, a los judíos que incidían en un relativismo idéntico al actual, les llama hijos del diablo (ver Jn 8,31-47).

 La otra postura cree que la democracia se basa en la dignidad intrínseca del hombre y de unas leyes, basadas en su naturaleza y razón, que son los derechos humanos. La democracia se sostiene, más que por la prevalencia de la opinión mayoritaria, por el respeto hacia todo ser humano y su dignidad intrínseca. La democracia, por tanto, no se sostiene sobre la ausencia de valores, sino sobre un núcleo ético no relativista, que son los derechos humanos y que delimitan el espacio sobre el que pueden legítimamente actuar las mayorías. Para un creyente no hay oposición entre obrar según la razón y cumplir la voluntad de Dios. Tenemos una conciencia y una razón que nos ayudan a conocer y distinguir el Bien del Mal, la Verdad de la Mentira, porque como nos dice Jesucristo «cuando venga Él, el Espíritu de la Verdad, os guiará hasta la Verdad plena»(Jn 15,13). Así conoceremos no sólo el fundamento de nuestra naturaleza y de su dignidad, sino también cómo poder conocer y amar a Dios. Para ello necesitamos la verdad moral, la verdad sobre lo que está bien y lo que está mal, aunque la verdad moral no es sólo un problema intelectual, sino que requiere una rectitud de vida, porque como es un problema que me afecta existencialmente, ello puede exigirme un cambio en mi manera de actuar, lo que religiosamente llamamos una conversión.

Pedro Trevijano, sacerdote 27. XI. MMXII

http://www.infocatolica.com/?t=opinion&cod=13329

miércoles, 19 de diciembre de 2012

María, madre y virgen, alabada por los santos

Que mejor para ir preparando nuestra Navidad, que recurrir a algunos de los textos de los santos padres. Aquí uno de ellos:
 
San Efrén de Nisibe. Mesopotamia, siglo IV
«Dilexit Ecclesiam» amó a la Iglesia Católica

 
Himno XI De la Natividad

 
A tu madre, Señor nuestro, nadie sabe
cómo llamarla; que si uno la llama virgen,
ahí está su hijo; y si casada,
ningún hombre ha conocido.
Si hasta tu madre es inabarcable,
¿quién podrá abarcarte a Ti?
Madre tuya, en efecto, lo es sólo ella,
pero es hermana tuya, junto con todos.
Ella es tu madre, y tu hermana.
También es tu esposa, igual que las mujeres castas.
Con toda clase de adornos las has embellecido,
¡Tú, Belleza de tu madre!
Ella estaba desposada según la naturaleza,
antes de que vinieses. Y quedó encinta,
al margen de la naturaleza,
cuando viniste, ¡oh, Santo!
Y era virgen
cuando te daba santamente a luz.
Contigo adquirió María
toas las propiedades de las mujeres casadas:
el niño en su seno, sin unión carnal;
la leche en sus pechos, de una manera insólita.
A la tierra sedienta la hiciste de pronto
una fuente de leche.
Si ella pudo llevarte,
es que tu montaña inmensa aligeró su peso;
si pudo darte de comer, es porque Tú quisiste tener hambre;
si pudo darte de beber, es porque Tú quisiste tener sed;
si pudo abrazarte, es porque el fuego, misericordioso,
protegió su regazo.
¡Tu madre es un prodigio! Entró el Señor a ella,
y se volvió siervo; entró el Hablante,
y se quedó mudo en ella;
entró el Trueno, y acalló su voz;
entró el Pastor de todos,
y se volvió en ella cordero, que salía balando.
El seno de tu madre ha trastocado los órdenes.
El que dispone todas las cosas entró siendo rico,
y salió pobre; entró a ella ensalzado,
y salió humilde;
entró a ella resplandeciente,
y se vistió para salir
de pálidos colores.
Entró el héroe, y se revistió de temor
en el interior del seno; entró el que a todos provee,
y adquirió hambre; el que a todos da de beber,
y adquirió sed;
desnudo, despojado,
salía de ella el que a todos viste.

Traducción de Javier Martínez - arzobispo de Granada 2004.12.25


 (Fuente: Conoceréis de verdad.org)

martes, 11 de diciembre de 2012

Una visión de la actualidad


Este texto  se aplica a toda la realidad del mundo actual; por lo tanto es para meditar, para analizar, para comparar y luego, si quiere, deje un mensaje expresando su opinión.

Cierta vez, hablando con un grupo de sacerdotes, el Cardenal George, Arzobispo de Chicago, afirmó que él morirá en una cama, su sucesor en prisión, y quien lo suceda será mártir. En su columna semanal en el periódico arquidiocesano, retomó esas afirmaciones – que, aclaró, no buscaban ser proféticas sino ayudar al Pueblo de Dios a tomar conciencia – y las completó con la frase final, no publicada en ese momento. Este artículo de Sandro Magister, cuya traducción ofrecemos, presenta estas declaraciones del Cardenal de Chicago.

El cardenal Francis George, de 75 años, arzobispo de Chicago y anterior presidente de la Conferencia Episcopal de los Estados Unidos, estaba entre los designados para participar en el Sínodo de los Obispos sobre la Nueva Evangelización, concluido el pasado 28 de octubre. Pero no ha podido tomar parte por estar sufriendo nuevamente por un tumor, como algunos años atrás.

¿Qué habría dicho en el aula del Sínodo, si hubiera estado presente? La última de las “columnas” que escribe cada semana para el periódico de su arquidiócesis, el Catholic New World, parece responder precisamente a esta pregunta. Ésta tiene por título “El lado equivocado de la historia” y es una fuerte crítica – desde el lado de Cristo – de aquel moderno dragón que es la corriente de secularismo que embiste a la sociedad occidental. He aquí los pasajes centrales, que hacen una directa referencia a las elecciones presidenciales americanas para luego referirse a Occidente y al mundo. Con una instructiva alegoría sobre el futuro de la Iglesia.

*[...] La actual campaña política ha llevado al descubierto en nuestra vida pública el sentimiento antirreligioso, en gran parte explícitamente anticatólico, que está creciendo desde hace décadas en nuestro país. La secularización de nuestra cultura es un problema mucho más amplio que las causas políticas o los resultados de la presente campaña electoral, por más importante que sea.

Hablando algunos años atrás a un grupo de sacerdotes, sin ninguna referencia al actual debate político, he tratado de expresar de un modo bastante dramático a lo que puede llevar una completa secularización de nuestra sociedad. Estaba respondiendo a una pregunta y nunca se transcribió lo que dije, pero mis palabras fueron capturadas por el smartphone de alguno y ahora circulan en Wikipedia y en otros lugares del mundo de la comunicación electrónica. Soy citado (correctamente) mientras decía que preveía para mí morir en una cama, para mi sucesor morir en prisión, y para su sucesor morir como mártir en la plaza pública. Pero las citas omiten la frase final que añadí a propósito del otro obispo que sucedería al obispo pensado como mártir: “Su sucesor recogerá los escombros de una sociedad en ruinas y poco a poco ayudará a reconstruir una civilización, como la Iglesia ha hecho tantas veces en el curso de la historia humana”. Lo que dije no es “profético” sino que es un modo de ayudar a la gente a pensar más allá de las categorías habituales, que limitan y a veces envenenan el discurso tanto privado como público [...]

El himno no oficial del secularismo, hoy, es “Imagen” de John Lennon, en el que somos animados a imaginar un mundo sin religiones. Pero nosotros no debemos imaginar un mundo similar; el siglo XX nos ha dado terribles ejemplos de tales mundos.

En lugar de un mundo que vive en paz porque está sin religiones, ¿por qué no imaginar un mundo sin Estados naciones? [...] La amenaza más grande a la paz del mundo y a la justicia internacional es el Estado nacional convertido en maligno, que pretende un poder absoluto, que toma decisiones y fabrica “leyes” que superan sus competencias. [...]

Un mundo que se ha alejado de aquel Dios que lo ha creado y redimido corre inevitablemente hacia la ruina. Está del lado equivocado de la única historia que al final importa. El sínodo sobre la nueva evangelización se ha tenido en Roma este mes de octubre precisamente porque enteras sociedades, especialmente en Occidente, se han puesto del lado equivocado de la historia [...]
(Fuente: La Bohardilla de Jerónimo)

 

 

 

 

lunes, 3 de diciembre de 2012

Intenciones del Santo Padre para el mes de diciembre

Intención General: Para que los migrantes san acogidos en todo el mundo con generosidad y amor auténtico, especialmente por las comundades cristianas.
Intención Misionera: Para que Cristo se revele a toda la humanidad con la luz que emana de Belén y se refleja en el rostro de la Iglesia.
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