jueves, 30 de abril de 2009
Intenciones del Santo Padre para el mes de mayo 2009
¿SÓLO A LOS VARONES?
Me pareció oportuno agregar el aporte que sigue, dado que es común escuchar la frase: “La Iglesia es machista y discrimina a las mujeres”. Claro desconociendo la realidad, es fácil hablar así, y además, queda bien. Por lo tanto aquí está el texto de Mons. Demetrio Fernández, Obispo de Tarazona - España.
Sólo a los varones
En mis Visitas pastorales a las parroquias, reservo un tiempo largo para los niños y los jóvenes, con los que suelo abrir un turno de preguntas abiertas al obispo. Ellos, según su edad y su nivel, preguntan lo que les interesa. A veces una pequeña curiosidad, a veces preguntas de hondo calado y no fácil respuesta en pocas palabras, la mayor parte de las veces temas que a ellos les preocupan y sobre los que quieren saber la verdad. Se fían del obispo y quieren saber la verdad, en medio de este mundo tan relativista. Confieso que me he sentido muy a gusto con ellos y he procurado responderles con verdad en todo, aunque de tales preguntas hubiera surgido una imposible tertulia de varias horas.
¿Por qué las niñas no podrán ser sacerdotes?, -ha sido un pregunta repetida, que preocupa a pequeños y mayores, a ellos y a ellas. La pregunta tiene fácil respuesta, aunque para ser bien entendida debe ser respondida disipando comparaciones o discriminaciones por razones de sexo, a las que somos tan sensibles hoy, a Dios gracias.
En primer lugar, Jesucristo no discriminó nunca a la mujer. La colocó al mismo nivel que al varón, admitiéndolas entre sus discípulos. En la escuela de Jesús había mujeres (Lc 8,2), cuando la mujer no tenía ningún acceso a la escuela de los rabinos. Las mujeres acompañaron a Jesús en su pasión y fueron las primeras testigos de su resurrección, cuando iban a embalsamar su cadáver. El Evangelio nos describe preciosos encuentros de Jesús con diferentes mujeres: la samaritana, la mujer adúltera, María Magdalena. En temas de matrimonio, Jesús enseña a superar el machismo, equiparando a la mujer con el varón (cf. Mt 19,1s). Más aún, la persona más grande en dignidad de todas las que Dios ha elegido como colaboradores en la obra redentora, es una mujer, María, la madre de Jesús. Ella es más importante que todos los demás discípulos juntos.
Ahora bien, “Cristo, llamando como apóstoles suyos sólo a hombres, lo hizo de un modo totalmente libre y soberano. Y lo hizo con la misma libertad con que en todo su comportamiento puso en evidencia la dignidad y la vocación de la mujer, sin amoldarse al uso dominante y a la tradición avalada por la legislación de su tiempo” (Ordinatio Sacerdotalis, 2). Jesucristo, que no discriminó en ningún momento a la mujer, confió el ministerio sacerdotal a Doce varones. Y así lo hicieron los Apóstoles al elegir a sus sucesores. La Iglesia ha venido haciéndolo a lo largo de dos mil años, no por inercia, sino respetando la voluntad soberana de su Fundador y su Señor.
Cuando en las últimas décadas algunas comunidades protestantes han planteado el tema, totalmente nuevo en la historia, de ordenar a mujeres para el sacerdocio ministerial, la Iglesia católica, por medio del Papa Juan Pablo II en 1994 ha manifestado definitivamente: “Con el fin de alejar toda duda sobre una cuestión de gran importancia, que atañe a la misma constitución divina de la Iglesia, en virtud de mi ministerio de confirmar en la fe a los hermanos (cf. Lc 22,32), declaro que la Iglesia no tiene en modo alguno la facultad de conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres, y que este dictamen debe ser considerado como definitivo por todos los fieles de la Iglesia” (OS 4).
Ante la pregunta que me han hecho niños y jóvenes, la respuesta es sencilla: La Iglesia, en asunto de tanta importancia, no puede hacer otra cosa que lo que hizo su Señor. Si la Iglesia hiciera otra cosa, iría en contra de la voluntad de su Fundador, sería infiel a su Esposo Jesucristo. La fidelidad a su Señor está por encima de las modas de la época. El Papa Juan Pablo II nos ha ofrecido esta doctrina con carácter definitivo, es decir, irreversible e irreformable. En la Iglesia que Cristo ha fundado no habrá nunca mujeres sacerdotes. La mujer tiene mucho que aportar a la Iglesia en tantísimos campos, pero el sacerdocio ministerial ha sido, es y será confiado sólo a varones, tal como lo hizo nuestro Señor Jesucristo. Y esto será así siempre.
Fuente: Conoceréis de verdad .org
jueves, 23 de abril de 2009
La experiencia del mal y la idea de Dios
El texto que sigue es para leerlo con detenimiento, porque tiene respuesta cuando aparece en el horizonte la duda, el descreimiento, la desconfianza en Dios, a raíz de problemas propios de nuestra condición humana relacionados con situaciones complicadas de salud personal o que afecta a un ser querido, o cualquier otra dificultad que nos lleva a preguntarnos:
Como punto de partida, no debemos escandalizarnos por formular la pregunta con la que hemos comenzado esta reflexión: ésta ha sido planteada también por parte de la teología católica. Es el mismo Catecismo de la Iglesia Católica el que afirma en su número 272 que “la fe en Dios Padre Todopoderoso puede ser puesta a prueba por la experiencia del mal y del sufrimiento” y que “a veces Dios puede parecer ausente e incapaz de impedir el mal”, llegando a plantearse en su número 310 la pregunta de “¿por qué Dios no creó un mundo tan perfecto que en el no pudiera existir ningún mal?”. El teólogo y obispo católico Walter Kasper llega a señalar que “estas experiencias del sufrimiento inocente e injusto constituyen un argumento existencialmente mucho más fuerte contra la creencia en Dios que todos los argumentos basados en la teoría del conocimiento, en las ciencias, en la crítica de la religión y de la ideología y en cualquier tipo de razonamiento filosófico”. El teólogo Hans Küng afirma que “el dolor es continua piedra de toque de la confianza en Dios”, tras lo que se pregunta “¿donde encuentra la confianza en Dios mayor desafío que en el dolor concreto?”. Y nada menos que el propio Juan Pablo II, en su catequesis sobre el credo (audiencia general de 4 de junio de 1986), indica que la presencia del mal y del sufrimiento en el mundo “constituye para muchos la dificultad principal para aceptar la verdad de la Providencia Divina”, a lo que añade que “en algunos casos esta dificultad asume una forma radical, cuando incluso se acusa a Dios del mal y del sufrimiento presente en el mundo llegando hasta rechazar la verdad misma de Dios y de su existencia” , todo ello por “la dificultad de conciliar entre sí la verdad de la Providencia Divina, de la paterna solicitud de Dios hacia el mundo creado, y la realidad del mal y el sufrimiento”.
Para dar respuesta a esta inquietante pregunta, hemos de distinguir claramente entre el mal “en sentido físico” y el mal “en sentido moral”. El mal moral se distingue del físico, sobre todo, por comportar culpabilidad y por depender de la libre voluntad del hombre; en cambio, el que estamos denominando mal físico no depende directamente de la voluntad del hombre, sino que se deriva de la propia naturaleza limitada, contingente y finita del hombre y de la creación. Las calamidades provocadas por terremotos, inundaciones y otras catástrofes naturales, las epidemias, las enfermedades, así como la muerte, serían ejemplos de este mal que hemos denominado “físico”; los desastres producidos por la guerra, el terrorismo, el odio, la violencia de todo tipo que tiene por origen al hombre serían ejemplos de ese mal que hemos llamado “moral”. A partir de esta diferenciación, cabe señalar lo siguiente:
a.- El mal físico es inherente a la condición del hombre y de la creación. El hombre es un ser finito que está sujeto a la enfermedad y a la muerte; además, ha de vivir en un universo en el que se producen determinados fenómenos naturales productores de daño y de sufrimiento. Las limitaciones y la caducidad propias de todas las criaturas es el origen último de este tipo de males, que son consustanciales a la propia estructura del hombre y del universo. En última instancia, puede decirse que este mal en el orden físico es permitido por Dios, como se señala en la catequesis de Juan Pablo II antes citada, “con miras al bien global del cosmos natural”,
b.- Algo bastante distinto sucede respecto al que hemos denominado mal moral. En palabras de Juan Pablo II, “este mal decidida y absolutamente Dios no lo quiere”. El mal moral es radicalmente contrario a la voluntad de Dios y su autor es exclusivamente el hombre, al haber hecho mal uso de su libertad. ¿Por qué tolera Dios este mal? Porque para Dios la existencia de unos seres libres es un valor más importante y fundamental que el hecho de que aquellos seres libres abusen de su propia libertad contra el propio Creador y que, por eso, la libertad pueda llevar al mal moral.
La anterior constituye la primera explicación que la teología nos ofrece de que la existencia del mal en el mundo no es incompatible con la idea de Dios. Pero esto no es todo. Debemos darle la vuelta al argumento que implícitamente se oculta detrás de la pregunta con la que se abre este artículo, para afirmar con Hans Küng que “sólo habiendo Dios es posible contemplar el infinito sufrimiento de este mundo”, que “sólo creyendo confiadamente en el Dios incomprensible y siempre mayor puede el hombre tener fundadas esperanzas de atravesar el ancho y hondo río del dolor de este mundo: consciente de que por encima del abismo, del dolor y del mal, una mano se extiende hacia él”.
El hombre moderno no puede por sí solo erradicar los múltiples sufrimientos de la humanidad, pese a los adelantos de la ciencia y de la técnica. El sufrimiento es inherente a la condición humana y solamente mediante la intervención redentora de Dios es posible que surja un hombre nuevo liberado de la muerte, del dolor y del sufrimiento. En concreto, es la pasión, la muerte y la resurrección de Jesús la que implica la redención definitiva del dolor y del sufrimiento humano, la que transforma el dolor y la muerte en vida eterna. Es desde la perspectiva del sufrimiento y de la muerte de Jesús como el dolor y el sufrimiento de cada hombre cobra un nuevo sentido. El sufrimiento, el dolor y la muerte siguen acompañando al hombre; pero en la pasión y en la resurrección de Jesús ese sufrimiento recibe un sentido.
domingo, 19 de abril de 2009
Ayer publicamos el comunicado de la santa sede dando cuenta de la respuesta a la resolución del parlamento belga que condenaba expresiones del Santo Padre. Este hecho motiva el comentario que sigue, inserto en el blog "la Iglesia en la prensa.com"
El parlamento belga y el sentido del ridículo
El parlamento belga aprobó ayer una moción en la que se pide al gobierno que proteste ante la Santa Sede por las declaraciones del Papa sobre el preservativo en la lucha contra el sida . La resolución contó con el respaldo de una amplia mayoría, después de que se cambiara la frase “declaraciones peligrosas e irresponsables” [las del Papa] por “declaraciones inaceptables”. Cuenta la prensa que, una vez aprobada la moción, los diputados comentaron que Bélgica era el primer país que manifestaba oficialmente su descontento por las palabras del Papa. Supongo que lo dirían con cierto orgullo y con un destello de autoestima.
Desconozco cuáles son las credenciales del Parlamento belga en la lucha contra el sida que le autorizan a pontificar y a censurar lo que dicen otros (con particular diligencia si se trata del Papa). Más conocidas son -por el contrario- las credenciales de las instituciones de la Iglesia católica, que aporta el 27 por ciento de los recursos que se usan en el mundo en la lucha contra el sida; si agrupamos a todos los gobiernos, lo que aportan juntos llega al 44 %. Esa realidad convierte a la Iglesia católica en la líder mundial en la lucha contra el sida.
Hace unos días escribí una parodia sobre las reacciones automáticas que, al parecer, las palabras del Papa producen en algunos. Se trataba de una noticia inventada a propósito de los ecos suscitados por una supuesta frase de Benedicto XVI. Entre las “reacciones”, figuraba una del gobierno belga, que anunciaba el envío de una nota verbal de protesta ante la Santa Sede... Aquello era una parodia de la ridiculez humana. Veo que la realidad la supera ampliamente.